De romería un día de San Isidro

“La señorita Paula muy cansada está, se va a morir de pena de tanto pensar…”,1 cantaban las mozas quinceañeras una y otra vez cambiando el nombre de la chica y del chico de sus sueños, desvelando confidencias de amigas y ruborizando al aludido, orgulloso en el fondo de ser víctima de las picaronas y lozanas mozuelas.

Mientras se repetía esta cantinela y otras de parecido contenido en los corros de los jóvenes, y mientras algún “rasgao” se arrancaba por soleares empujado por la cerveza o el vino de la comida más el posterior adobo de la mistela y el anís, cuando ya el sol inclinaba la tarde y yo empezaba a estar cansado, lo que vi me dejó perplejo a la vez que un escalofrío de miedo me bajaba de la cabeza a los pies.

La gente corría y se arremolinaba a su alrededor…

El día había amanecido bueno, incluso caluroso. Bien temprano esperaba a mis amigos en la plaza del Pilar con mi visera de cartón, mis zapatillas de loneta blanca y mi saquillo de cuadros verdes colgado en bandolera con un bocadillo de tortilla francesa y otro de chorizo frito de la orza, (¡ya quedan pocos! – Dijo mi madre -), al tiempo que los envolvía en papel de estraza. ¡Ah, y un plátano!

Pronto nos juntamos la pandilla, más o menos con la misma pinta, y tras echar un trago de agua en el pilar de agua dulce y otro del salobre por eso de que está más fresca, emprendimos nuestra marcha juguetona por la Gotera.

Al llegar al árbol Gordo, el jodón de turno ya me había roto la visera porque tuvo la brillante idea de tirar de ella para que, al soltarla, me hiciera daño en la frente. Como pude, con un palote, le hice otro agujero al cartón, metí la goma haciéndole un nudo más gordo y valió, aunque ya no fue la misma. Al jodón, mientras corría y se reía, le aticé una buena patada en el culo. Por la huerta de Charlestón ya mirábamos con cierta envidia a quienes con jolgorio y sonrisas nos decían cosas graciosillas desde los carros y galeras enramadas o desde los borricos con el rabo adornado y con las orejas asomando por un viejo sombrero de paja.

Con las energías mermadas llegamos a la huerta del “Médico” donde se hizo necesario mear después de haber bebido tanta agua también en la fuente de El Beso. Nos escondimos detrás de las zarzas y de los lilos, a la derecha del camino del membrillo que está junto a la carretera entre el perfume meloso de los paraísos.

Meamos todos, pues estas cosas suelen ser contagiosas, por supuesto disputando quién meaba más alto y más lejos sin que faltaran las risas y las bromas sobre el tamaño de la colilla a la que hacíamos asomar por una de las entrepiernas de los pantalones cortos.

Al pasar el puente del arroyo, a la izquierda, junto al costerón del gredal, tomamos el camino que nos llevaría a la huerta de D. César. Enseguida vimos las paredes de la ermita encaladas de blanco manchego y de gris cemento su bóveda. A sus pies se veían ya la verde olmeda entremezclada con chopos y pinos, destino y descanso de nuestra caminata que empezaba a hacerse pesada.

Nos sentamos un rato en la hierba de la pradera, un poco húmeda todavía por el relente, con cierto olor a fresco maculado por los humos de las primeras lumbres donde se asaban sardinas y panceta.

Ya habían montado dos chamizos con palos y lonas atados con sogas y tomizas donde los mayores bebían y picoteaban estos manjares. A mí, me gustaba más el carrillo blanco de Pamplinas del que colgaban viseras, garrotas de caramelo, pelotas de badana fina rellenas de serrín con una goma blanca que se podía atar al dedo; vendía piruletas, pipas, garbanzos “tostaos,” almendras dulces, saladas o garrapiñadas y bolillas de anís. También globos redondos y largos y molinillos de colores. Mi madre me había dado dos reales de los de agujero.

El sonido del volteo de la pequeña campana de la ermita nos sacó del descanso y de las cábalas con las chusmerías ,2 me recordó que tenía que ir a misa y a la procesión, y aunque no me apetecía no me quedaba más remedio porque mi padre era de la Junta y estaría con mi madre que era realmente la devota.

Conmigo se quedó mi mejor amigo, los otros se fueron corriendo hacia “El nacimiento” donde quedamos para comer, no sin antes chinchar nuestra envidiosa voluntad.

Subíamos a la ermita, más cansados por las pocas ganas que por lo empinado de la cuesta, cuando el estruendo de los cohetes levantó el ánimo de la fiesta y el olor a pólvora se mezclaba con el de los tomillos, los romeros, las flores de mayo y los aromas culinarios de la pradera.

Pronto el cura nos tomó como monaguillos y mientras le ayudábamos a vestirse, cuatro agricultores fuertes, con la boina en la mano, se habían cargado las andas donde S. Isidro, muy relucio 3, se alzaba con las mejores espigas verdes de la inminente cosecha. (Por cierto, siempre me ha llamado la atención el cogote blanco y brillante que descubrían los agricultores al quitarse la boina).

 

Sonaron tres cohetes casi al tiempo y el maestro de la banda de música, previo golpe de bombo, dio la entrada solemne a una marcha religiosa. Junto a él, con los papeles de la solfa y con su gorra de plato vieja, muy digno, el Isidro4 de verdad: ¡Viva S. Isidro!

– ¡Viva! Coreó con entusiasmo la comitiva al emprender la marcha.

Y así, con cuidado por lo empinado de la cuesta, entre músicas, ¡vivas! y cohetes dimos la vuelta a la pradera mientras el cura bendecía los campos con el “guisopo” que mi compañero llevaba por mandato del sacristán.

Peor fue la subida de nuevo a la ermita, hacía ya calor. La misa se hizo larga sobre todo por el entusiasmo que puso el cura para explicarnos lo bueno que era San Isidro y su mujer Santa María de la Cabeza y que había que confiar en Dios y cosas por el estilo de las que no me acuerdo mucho pues de vez en cuando se me iba el “santo al cielo” pensando en el carrito de Pamplinas, en mis amigos y en lo que estarían haciendo. Claro que mi madre sí estaba atenta y orgullosa de verme allí.

Nada más terminar la misa el cura nos dio una peseta y un cachete cariñoso y salimos arreando cuesta abajo al mismo tiempo que a mi madre le oía decir:

– ¡Cuidado con las norias!

Después de preguntar por todos los precios nos decidimos por un real de pipas y una piruleta de caramelo de dos reales de las que dimos buena cuenta antes de ir a buscar a nuestros amigos.

Aquello estaba lleno de gente que iba y venía en cuadrillas entre risas y alborotos y no faltaba ninguno de los personajes degustadores de la savia fermentada del sarmiento. Aún nos dio tiempo a pillar unos higos secos que Galán, el hortelano, colgaba de un cordel a modo de caña de pescar y que había que cogerlos dando saltos y con la boca a la voz de “al higuín, al higuín, con la mano no, con la boca sí”.

De camino a “El nacimiento” pasamos por donde la Junta, debajo de los pinos grandes, un poco más arriba de una de las norias. Estaban cocinando, en dos peroles enormes, cordero frito y caldereta. También tenían piris5, tortillas de patatas, cacahuetes,… patatas fritas y rolletes de sartén que regaban con cerveza y vino de la bota.

El ir por allí no era algo casual y aunque nos daba un poco de vergüenza se cumplió nuestro deseo de probar el atún de la lata grande y las patatas fritas de la “Vieja”. (Ya lo sabíamos de otros años).

Después del piscolabis, nos fuimos atizando hacia “El nacimiento”. Dejamos a la izquierda la casa grande de piedra y yeso de los dueños de la finca, y a la derecha el jardín coquetón con su fuente seca de piedra e invadido de lilas y lirios marchitos. No faltaban a nuestro alrededor abejas y avispas que iban desde los romeros y los tomillos hasta la pila con agua que compartían con colorines, palomas, tordos y abejarucos.

La ladera estaba cuajada de pelillo, de flores amarillas y naranjas de aliagas y jazmines. A la derecha se dejaban ver las nuevas esparragueras y las zarzas en flor, entre unas y otras se escondían a nuestro paso lagartijas recalentadas por el sol y algún lagarto verde limón.

Allí estaban, junto a “El nacimiento”, cansados de esperarnos, con los bocadillos a medias. Los compartimos con precaución, marcando con el dedo el tamaño de cada bocado y aquello duró como un abrir y cerrar de ojos. Bebimos agua de “El nacimiento” en el bote oxidado donde lo hacía todo el mundo después de darle un ligero enjuague.

Con poco entusiasmo nos pusimos a jugar al “bote” y al rato terminamos a piñazos entre los pinos hasta que uno quedó seriamente afectado por el ímpetu del combate.

Cuando la cosa se calmó, decidimos buscar la cueva prohibida, la cueva de arena blanca con la que nuestras abuelas y madres fregaban los peroles, sartenes, pucheros y cacerolas para quitarles el tizne de la lumbre de paja. Mientras hacíamos el camino íbamos jugando a la dola6 con espolique7, espantando algún conejo y también algunos lebreles8 sonrojados por el romance interrumpido al son de una guitarra mal sonante.

Allí estaba la cueva, prohibida como las norias, pero entramos a la voz de “¡cagón el último!”. No era muy profunda, sus paredes y techo eran de arena blanca con panderones que podían caerse. Entonces entendí por qué mi madre no quería que fuéramos. Enseguida nos salimos y yo, por lo menos, un poco asustado…

Volvimos a la pradera cansados de corretear y vimos el revuelo de gente, ese al que aludía al principio.

Del cuello de aquel hombre joven, no recuerdo su nombre, pero debía ser muy valiente, colgaba una enorme culebra o al menos eso me parecía a mí porque llegaba desde el cuello hasta más abajo de los bolsillos de los pantalones por los dos lados y de gruesa por lo menos como mi brazo.

El cuerpo del bicho se contorneaba con ondulaciones que iban desde la cabeza a la cola y una lengua oscura y partida le asomaba de vez en cuando por la boca. Lo más terrible eran sus ojos, negros y brillantes como el fondo de las norias con una mirada fija y cargada de muerte.

– ¡Está viva!

Gritaba la gente que rodeaba al héroe, mientras una y otra vez él explicaba con la naturalidad y la suficiencia del experto que controla… “que la culebra se estaba muriendo, que estaba esnucada9 porque cuando la cogió de la cola, cerca del corral del ganado, le hizo una sacudida con un movimiento de gobanilla10 y le había roto el espinazo. Que no tenía miedo, que estaba acostumbrado, que por allí había muchas y que no eran venenosas pero que se comían los conejos y los huevos de perdiz, y que si no lo hacías bien se ponían de pie sobre la cola y te daban latigazos hasta que te atontaban y luego se enroscaban al cuello y te ahogaban si eran tan grande como aquella.”

Con mucho miedo dentro del cuerpo debí volver a casa porque no recuerdo si lo hice con mis amigos o en carro de mi tío. Del final de aquella tarde solo recuerdo el sol detrás del mirador de las monjas, el “fregao” de rodillas que me hizo mi madre con el estropajo de esparto y de la luz que dejé encendida al acostarme. Tampoco recuerdo si soñé, pero si lo hice me imagino con qué.

 

FIN

Autor:  Pedro Pablo Jiménez Fernández.

1. Canción popular de corro.

2. Chucherías.

3. Reluciente, limpio.

4. Personaje bonachón de nuestra infancia, que muchas veces aguantó nuestras bromas y burlas. Desde el recuerdo y la madurez, le pido disculpas con todo el respeto y cariño.

5. Ensalada de tomate, atún, huevo, aceitunas, cebolleta…

6-7. Dola: Juego popular donde uno se agacha y los demás saltan sobre él golpeando (espolique) con el talón en el culo del agachado.

8. Adolescentes.

9. Que se ha roto las vértebras cervicales.

10. Muñeca, articulación entre brazo y mano.