Publicado por Juan Antonio Zarco en la Revista “El Atrio” (Asociación Cultural Infante Don Juan Masnuel), nº 26, noviembre del año 2012.

 

            Paseo por los molinos un día de finales de junio, en una tarde del recién iniciado verano. Sentado junto a la piedra cercana al molino El Puntal, ¡qué mágico paisaje!: vistas del pueblo, en su conjunto, con la manchuela de fondo, inmensa; el castillo y su muralla, la colegiata, futura venta de don Quijote, conventos, casas señoriales, edificios en piedra, casas, naves, … todo conforma un entorno único y maravilloso, sugerente e irrepetible.

 

            Siento alegría y profunda satisfacción de poder ser testigo de tamaña visión. La percepción se mantiene y los sentidos vuelan, y fluyen los sentimientos de grandeza, ilusión, nostalgia. Veo el atrio del antiguo convento de las monjas dominicas, algunos niños en pantalón corto juegan a las “cuatro esquinas” en el calvario y su cruz; diviso la, en otro tiempo, era de Pablo, dos grupos de jóvenes juegan al fútbol, la portería simbolizada en un par de piedras. Y me vienen a la mente recuerdos del pasado, de una infancia tierna y feliz, de juegos de preadolescente y de nobles llamadas a los idílicos primeros amores. Me invade el olor del mismo tomillo de antaño y la brisa imperecedera que discurría, que siempre ha discurrido, ladera arriba. Toda la infancia pasa por mi mente en un suspiro, vuelvo a la realidad, y un sentimiento de nostalgia comienza a invadirme, ¿nostalgia del pasado, o algo más?

 

            Vislumbro tonos grises en el cielo, ¿acaso es una tormenta de tarde veraniega?, nube oscura en el antiguo palacio del infante don Juan Manuel, nube que inunda el pueblo, ¿presagio de algo?

 

            Pienso en la educación y en las últimas manifestaciones de la presidente de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, hablando de la “búsqueda de la excelencia en educación”, en la educación de nuestros jóvenes de bachillerato. Me parecen un insulto a la equidad e igualdad, además de considerar una injusticia social su puesta en acción. No creo que beneficie a nadie; está científicamente demostrado que los grupos heterogéneos son positivos, potenciando valores sociales y educativos más ricos. Me producen una amarga y triste sensación, tras tantos años de lucha pedagógica que han posibilitado poder instaurar en nuestras aulas el principio de igualdad y atención a la diversidad. Es la educación la que nos iguala y la que hace progresar a todos, sin excepciones.

 

            Casi media centuria desde mi primera ascensión a los molinos y pareciera que la historia se ha detenido, y no creo que sea así. No puede ser el mismo panorama de tiempos pasados: levantamientos a medias, posteriores hundimientos. Quizás es una falsa percepción motivada por puntuales detalles como el de la ventana de uno de los molinos, abierta de par en par, que lo deja a merced de los caprichos del tiempo; o quizás es debido a la contemplación del estado de conservación de sus maderas, puertas y ventanas, clamando una simple mano de barniz que posibiliten su salvaguarda. Solo es cuestión de un pequeño mantenimiento. Y acto seguido todas estas vivencias devienen en sentida reflexión.

 

            Con esfuerzo, trabajo e ilusión se logran múltiples propósitos. Nadie cuestiona los avances y mejoras sentidas por los pueblos en sus dos últimas décadas; servicios sociales, educativos, sanitarios, deportivos e infraestructuras viarias, son claros exponentes de los mismos. Cualquier pueblo de nuestra geografía nacional ha experimentado cambios urbanísticos en sus calles, aceras y plazas, en su iluminación o en su saneamiento; cambios siempre para bien.

 

            No entro en el análisis de la gestión de los recursos económicos, consciente de que en muchos casos se podía haber llevado a cabo con mayor eficacia; no es la finalidad de esta reflexión. Aclarar en este punto una única cosa, confundir gestión lamentable con acto de rapiña es igualar el error con la maldad, y esto queda para actuaciones más que puntuales, al menos así lo creo, aunque éstas sean las que más llaman la atención, despiertan nuestros sentidos y estimulan nuestras apetencias.

 

            Belmonte es uno de esos pueblos donde es apreciable esa huella de inversión de la que hablaba, creo que esto también es innegable, y nos está demandando un máximo esfuerzo de preservación. Es por ello que sea, más que imprescindible, urgente su mantenimiento, rentabilizando y potenciando el uso de instalaciones y servicios, máxime en una época de crisis como la actual. Será pues ahora cuando la buena gestión ha de sobresalir, para posibilitar un mantenimiento de lo alcanzado. De qué nos servirá si no somos capaces de cuidar nuestros logrados parques y jardines, o de mantener nuestras instalaciones deportivas en perfectas condiciones de práctica (polideportivo, piscina, campo de fútbol, pistas y canchas); el centro de salud en su edificio, además de su prestancia;  servicios sociales, contados también en instalaciones y atenciones (hogar del pensionista, centro de día, residencia de mayores); centros educativos (colegio, instituto y centro de recursos o de formación del profesorado); iluminación, urbanizado y saneamiento de plazas, calles y aceras; o edificios históricos y emblemáticos recuperados o en fase de recuperación (colegiata, palacio del infante don Juan Manuel, antiguo convento de La Compañía de Jesús, casa-palacio de los Baíllo, etc.).

            Bien es cierto que en ocasiones resulta difícil mantener conquistas, sobre todo si se nada contracorriente. Vuelvo al terreno de la educación. En la misma comunidad autónoma de Madrid surgen otros negros nubarrones; al parecer se va a tomar la decisión de eliminar la clase semanal de tutoría en la ESO, para dedicarlo a potenciar materias instrumentales básicas. Se elimina así, de un plumazo, una hora semanal dedicada a trabajar la convivencia en el grupo por parte del tutor/a, orientador/a y otras personas expertas. Pero no solo eso, la medida tiene más trasfondo del que parece, ya que con la eliminación de la tutoría se le está privando al alumnado de las posibilidades de la orientación académica y laboral, tan necesarios a estas edades y tan demandados por la propia CEE, rompiéndose con una de las finalidades de nuestra actual ley de educación (LOE); al tiempo que se le hurta de un espacio y tiempo donde aprender a resolver conflictos en grupo y a crear espacios de confianza entre alumnos y alumnas y su profesorado, a profundizar en las técnicas de trabajo intelectual, tan necesarias para el desarrollo de las competencias básicas, o a profundizar en el trabajo de programas esenciales para el desarrollo personal y la implantación de hábitos de vida saludable (desarrollo adolescente, uso adecuado de nuevas tecnologías, sexualidad, prevención de problemas de alimentación, información sobre alcohol y drogas, educación vial, etc., etc.), entre otros temas básicos.

 

            Si se eliminan espacios que los docentes consideramos vitales para el proceso educativo con nuestro alumnado, tan ampliamente demandados en anteriores etapas educativas, significa que estamos perdiendo valiosísimos instrumentos pedagógicos que contribuyen a mantener una enseñanza de calidad. En definitiva, si nuestros colegios e institutos pierden en convivencia y en clima de centro, ¿no estaremos dando pasos hacia atrás? Si nuestros gestores no entienden que en la ESO no solo se enseña, sino que se educa, ¿no estaremos caminando en sentido contrario? Si se prescinde de ese espacio de confianza entre el tutor o la tutora y el alumnado, ¿no estaremos retrocediendo en logros y conquistas sociales, culturales y educativas?

 

            Creo que estamos ante el reto de la gestión, de la buena gestión, y no es que antes no fuera ésta necesaria; pero quizás ahora más que nunca, cuando tanto se han llenado la boca de mensajes con la palabra “recortes”, que más dan a pensar en ponerse la venda antes de tener la herida. Si recortar conlleva perder, mal vamos. Por muy malos que sean los tiempos, peor nos irá aún si perdemos conquistas sociales, o servicios mínimos sanitarios y educativos, o dejamos abandonados nuestros edificios patrimoniales, o desistimos de iluminar nuestras calles o monumentos, o de ajardinar nuestro parque. Son meros ejemplos.

 

            Pero el mantenimiento no es solo una obligación de nuestros gestores, o autoridades municipales, también lo es de los ciudadanos; somos co-responsables de los mismos. ¿Qué puedo hacer por mi pueblo?, es la gran pregunta. Educación es la clave del progreso; también de la conservación. Educación en familia, no solo en la escuela; educación en el cuidado de las cosas, educación en limpieza y respeto, educación en convivencia y responsabilidad, consideración y aprecio por y para los demás. Educación que, como digo, debemos transmitir desde las familias a nuestros infantes, jóvenes y adolescentes. Grave error el pensar que esto es obra exclusiva de colegios y maestros.

 

            Nada más lejos de mi deseo que ponerme en situación catastrofista, pero mal haríamos si, por ejemplo, dejamos perder nuestro instituto de educación secundaria, tal y como ya sucediera en otros años; si, incluso, no luchamos por atraer a nuestro centro educativo una mayor oferta de educación secundaria (hablo de algún ciclo de formación profesional inicial); si desaprovechamos la oportunidad de no avanzar en la creación de pequeñas empresas, posibilitándoles su instalación en un adecuado polígono industrial; si no potenciamos el deporte en nuestra juventud, también los mayores, utilizando las infraestructuras actuales y potenciado una escuela deportiva municipal, aprovechando los profesionales de la educación física y deportiva con que cuenta nuestro pueblo; si no sabemos o no somos capaces de coger el tirón del turismo con que parece desperezarse la villa, lo que requerirá un esfuerzo de personas emprendedoras; si no mantenemos los servicios sociales o administrativos con que estamos dotados (oficinas de empleo, cámara agraria, registro de la propiedad, etc.), aspirando a un aumento y mejora de servicios zonales y comarcales. Y mal nos irá también si, incluso en época de crisis y de esos claros y anunciados recortes-nubarrones, no seguimos aspirando a la recuperación, aún pendiente de obras urbanas y edificios civiles y religiosos.

 

            No podemos dejar que la historia se repita y nos vuelva la espalda al progreso; no podemos caminar hacia atrás, tras lo mucho conseguido. Siendo aún importante, no podemos detenernos en el recuerdo estático de nuestra historia, de la grandeza del pasado, ni limitarnos a simples evocaciones o conmemoraciones, aun cuando ello sirva para mantener vivo, muy vivo, nuestro esplendoroso pasado. Es el momento de la acción; es, por tanto, el momento de mantener y es el momento de gestionar; es la hora del compromiso, de sentirnos comprometidos con nuestra historia, con nuestro primer emprendedor, el Señor de Belmonte, que fue capaz de tener clara visión de futuro, sentando las bases de un desarrollo prometedor. La historia es compromiso.

 

            No es menos cierto que a mayor gloria histórica más difícil y costoso es el compromiso actual y futuro para con el ayer. Y Belmonte tiene claro compromiso con su propio pasado; el compromiso de sus mujeres y hombres por esforzarse cada día para mantener y acrecentar, por encima de exclusivos tópicos de marketing turístico, su patrimonio monumental y artístico, contribuyendo con ello a su desarrollo económico y social. Y en esa tarea entramos todos.

 

            Antes de iniciar el sendero de bajada al pueblo, me recreo con una última mirada, en una nueva visión global del pueblo y su entorno. Ahí abajo la vida sigue con su elocuente y sabio ritmo. La inteligencia de un pueblo que se refleja en la sencilla monotonía de la vida de sus mayores, en el instinto de supervivencia, como en la naturaleza, y en la cálida estancia: las amenas y fraternales tertulias o el apacible intercambio de pareceres, sin signos de dramatizaciones; los agradables paseos sin prisas y sin finalidad en sí mismos; la armoniosa simbiosis entre el juego y la expectación, como sucede en los corros de petanca; y, también, el gracejo y refrendo de los demás, conscientes de que es más importante lo conseguido que lo añorado, algo que merece la pena ser conservado y por lo que seguir caminando.